barriendo la soledad
Hoy me duele el estómago, son las tres y cuarto de la madrugada, tengo el pelo más corto y la mesa llena de papeles (y luego me dicen maniática del orden); hay una fiesta en mi azotea (el viento baila con el polvo), los conceptos se equivocan y comienzo a tener la punta de la nariz colorada (como un pimiento morrón).
Voy barriendo la soledad (como quien cepilla la arena de la playa), el veinticuatro de agosto lo borro del calendario -junto a los mocos y los recuerdos- y cada segundo que es como una astilla; también me tomo un café con cucharadas de reflexión (¡dos menos por favor!) y me confieso en carne viva (porque no sólo soy un dato estadÃstico y porque una vez fui pelirroja).
Como si el viento quisiera impedir que hablemos, crece la soledad al cuadrado -en la nevera, el cuarto y las calles- y tenemos tan sólo doce horas para vaciar la maleta y llenarla de nuevo (¡corre, que el viaje empieza aunque no te subas al tren!). Me digo un “cuidado, no te olvides de meter las botas por si el suelo amanece mojado” y de camino añado sinónimos y antónimos (que como decÃa mi padre, más vale que sobre…). A veces incluso estamos en venta (bueno, nosotros no, nuestro trabajo) y nos faltan las risas sin pintar, excursiones por realizar (sÃ, aún somos pequeños) y sobran algunos nudos que terminan por desenredarse (pero no te emociones, sólo sucede con el paso de los años).
Entonces ordeno un poco mi escritorio (quizás tengan un poquito de razón) y hoy reflexiono sobre que hubo un concierto al final de mi semana y que el resto estuvo tranquilo (menos cuando de escribir se trataba); me tapo la boca, me desordeno el pelo y me como a cucharadas grandes (sÃ, de esas que son soperas) para que se acabe antes de mi plato, la soledad al cuadrado.
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