<div class=’rss_chapo’><p>Hay mucho que hacer</p></div>
<div class=’rss_texte’><p>A las dos y cuarenta y siete de la madrugada mi muso de dice que ya he dormido suficiente <i>(¡venga s. despierta, hay mucho que hacer!)</i> y mientras me voy haciendo a la idea de que mi miércoles comienza antes de tiempo, él, al menos, me canta la distancia que hay entre el y yo.</p> <p>Entre hacerme la remolona <i>(¡un poquito más!)</i> y dar dos vueltas de edredón y cuerpo, abro los ojos de manera ya más definitiva y comienza la tarea de bajar la escalera –y de mirar el reloj <i>(¡aún ni las tres!, no me lo puedo creer…)</i> e ir al servicio, con prisas, porque las ideas brotan y se superponen unas a otras como si de una pelea de niños se tratase <i>(¡yo primen, yo primen!)-.</i></p> <p>Repaso un poco las cuentas del tiempo que llevo invertido en dormir esta semana <i>(dos días de insomnio y, tras llegar de dar la segunda vuelta del día, dormir de doce y pico a dos cuarenta y siete),</i> miro los platos que están por fregar y que mi escritorio vuelve a ser víctima del remolino de la inspiración <i>(hay tantas cosas empezadas y por terminar…).</i> Luego, por fin, abro la vitrina donde conservo los tarritos para empezar con mi alquimia <i>(hoy mezclaré más palabras que sentimiento y quizás alguna línea de doble sentido, sí, y bueno, ya que estamos añadiré un poquito de sal)</i> y me pongo manos a la obra.</p> <p>Mientras tanto, de vez en cuando, se me escapan miradas sonrientes –casi cómplices- al calendario y es que de este mes, por suerte, he sacado ya varios zumos –de collages, ajustes, una pizca de calma y sonrisas- y, en las tostadas, no me he tenido que comer ninguna de mis palabras.</p></div>
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