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Alma en oferta

A precio de beso.

Lo impensable, el impulso y la duda de nuevo; paso las horas calentando y enfriando pensamientos y a veces los oigo quejarse como un hipopótamo viejo (me dicen un deja de pensarme y decídete). Entonces me digo un atrévete y pon la Giralda como telón de fondo, deja de plantearte la realidad en términos teóricos que a las nueve y diez se encienden las farolas.

Sí, cuando me pongo así se que prefiero que me eches de más y no de menos, pero ya sabes lo que cuesta empezar un tú y yo aunque para ti tenga el alma en oferta; porque luego vienen la luna y el vértigo que hay antes de llegar a aquel mirador donde se va tan sólo para alimentarse de vida. Entonces, una décima de segundo después, siento que estamos tirando la casa por la ventana y aparece la risa esa que me sale, esa que es de duda, que es como el dolor de las guitarras.

De repente hay demasiadas personas y sitios, el equilibrio es casi un milagro y abro la ventana y ¡mierda!, hoy es la víspera del día después y no soy más que una mueca contorneándose. Podría desaparecer, sí, pero al momento cierro los ojos y me encuentro enfrente de tu mirada y se que no, no puedo escapar, ni podría ser pez. Pero ¿ves?, tampoco voy viajando al encuentro por dejarme sentada en un parque de esos verdes, o tal vez azules.

Entonces de nuevo voy mutilando las palabras que nunca terminan de decir que yo… o que se va rompiendo el aire hasta hacerme un abrigo de esos que me toman entera. Pero, como a veces ocurre en estos casos, todo me abisma más de la cuenta y la ropa me corta la respiración y otra vez me da pereza el futuro.

Luego suspiro y casi sin pensarlo, con el codo en la rodilla y el miedo temblando entre las piernas, echo a andar para decirte que mi alma está en oferta y quiere más, pero sólo contigo.

Las palabras lagartijas

reptan y reptan y vuelven a reptar.

Qué voz más débil me sale, ¿lo notas?. Aún quedan restos del sol en el asfalto y me doy cuenta de que quizás el mañana no siempre consuele tanto. Sólo percibo un acertijo y mi condición de película de Woody Allen, pero bueno, voy a buscar algo en la bodega.

Me pregunto si hubiese bastado con decir que… pero bah, olvidemos las cuestiones para seguir dejándolas acumuladas. Quizás sólo fuese una coincidencia aquello de encontrarme tu rostro a centímetros del mío y mi mano acto reflejo… y nuestros ojos que tan rápido, de repente, se encontraron. Sí, hablo de aquella tarde… pero bah, olvidémosla.

Sí, tal vez es mejor vivir en una ciudad nevada de olvido, de recuerdos agazapados esperando el momento para marcharse de la memoria, para salir caminando por su propio pie y hacerse presente. No, no puede ser tampoco así porque los días… o quizás porque los bolsillos… no, tan sólo es porque ayer llovió.

Qué voz más quebrada se me escapa, ¿te das cuenta?. Se que es por la fatiga de materiales y los olvidados atardeceres; o tal vez por las palabras lagartijas que reptan hasta la garganta… o aquellas que no se acaban de decir nunca. Y te confieso que no acabo de creerme aquello de que todos los viernes y sábados tendré como un deja-vú, pero bah, déjalo, quizás sea mejor que vuelva a coger otra botella.

Una razón de hormiga contra cigarra*

Frase sacada del capítulo tercero de Rayuela, Julio Cortázar.

En medio de la cama a veces todo está difuminado. Das vueltas hasta que tu estómago te dice que no lo demores más, así que entonces te levantas y llega el tedioso camino hasta la cocina. Abres el frigorífico y te encuentras evitando los alimentos que no hacen bien la digestión (pongamos por ejemplo un poco de revolución, utopía, coacción,…) y acabas por servirte un buen tazón de libertad.

A veces la mañana se pasa rápida y te topas con que para comer están las ensaladas de dialéctica y metafísica de esa que termina en rizo y se acompaña con mayonesa, una razón de hormiga contra cigarra (siendo tu la cigarra, claro). Te das cuenta de que lo que comienzas a mover con el tenedor (aunque con la comida no se juegue) sabe al humo de los coches, a los locales de moda, la gente (por lo menos) y a más epílogos atragantados –y palabras foráneas, y más paginas-. Y que termina el dialogo cuando se levanta el plato de la mesa (ha sido un placer, esta noche nos reencontramos en la cena).

Algunas personas toman su acostumbrada siesta, otros se recluyen en su cuarto para hilar palabras, con el silencio como abrigo. Pero al final es lo mismo, todo nos encamina hacia la última comida del día, tomes o no un aperitivo llamado merienda, veas o no la caja tonta, corras o vayas despacio.

Pero luego… qué hacer cuando la lucidez se cuela en la cama y nos hace el amor, o cuando construir y destruir dejan de ser palabras contrarias, cuando Londres y Sevilla son lugares comunes y la música dance se coge de la mano con el jazz. Qué hacer entonces, cuando se sabe que se acerca un irremediable –e inevitable, ineludible, incontrolable y quizás decrépito- después.

Las palabras ya no me dan miedo

Porque menos es más.

La falta de espacio a veces me tiene vagando por la noche entre calles y, a lo mejor, es lo preferible (quizás son terapia de muchas cosas). No quiero que estés encima por ello o si te digo que las palabras ya no me dan miedo (al menos ahora mismo no), que voy sin darme cuenta del tiempo o si te confieso que a veces añoro los corazones con pan de molde que se han perdido por el camino (qué le puedo hacer).

Sí, quizás estoy sudando la gota gorda porque los días parecen un ovillo y voy fumando noches, restando sueños o porque no quiero llegar, sólo caminar. Tras veintitrés años seguimos perdidos, con eyaculaciones precoces de proyectos y delirios que arrastran todas las cosas buenas; seguimos con un puede que pueda ser tan sólo un arrítmico vaivén de hamaca y que, en caso de ceguera profunda, me choque y caiga de bruces en contra de la ciudad.

Pero hoy, aunque la realidad circundante sea de insomnio, miedo, angustia o de aquellos instintos contraproducentes, tú tranquilo, puedes follarte a tu amiga Duda, que yo me voy de fiesta con mi adorable Espera. Porque aunque tal vez en el tiempo me consumo y soy humo sobre humo, sigo aquí; porque el horizonte me inquieta casi tanto como el mar embravecido. Porque menos es más o quizás tan sólo, como Serrat dice, porque hoy puede ser un gran día.

Soledad doblada

Otro poema de abril.

Ya voy desmontando ese telón rojo, quitando los paneles del tablado
y todos los hierros que lo soportan.

Recojo las copas, manteles y luz,
apago los altavoces, la tele
y mis ojos de mirada intrigada.

Limpio el suelo, los cristales y mi voz
que tiene tu nombre cosido a fuego.
Hoy barro la sombra, el miedo y tus labios.

Despacio, sin despertar a la noche, cierro la puerta y voy por las lustrosas veredas, con la soledad doblada

y las partículas del corazón que van creciendo, lentas,
por mis manos.

El verbo se hace carne

Un poema de Abril.

La curva del mundo son tus labios moderados,
tus ojos, de la poesía sin viento, parte;
tu nariz, el ingrediente secreto, sería ya
y tu alma aljibes de claridad y de silencio
y las páginas que siguen, estimado lector.

Tus manos son las telarañas deshabitadas,
las dueñas de experiencias de paso, con mis huellas;
tu espalda corresponde a ese camino indirecto del arte, la armonización de dos lenguajes,
mientras tu pelo es la vulnerabilidad pura.

Las vetas de la madera son tus dedos suaves, tu saliva es un corazón de tinta, palabra
a palabra, aquella envoltura no carnal;
tu piel tan sólo va cubriendo aquella desnudez,
tu mirada es el efecto eco de los fragmentos.

Tu vientre es mi piano fetiche donde el ombligo
es el botón de apagado de historias de cuerpos,
tus dientes son la pasión que no piensa en nada,
que va de incisivo a pezón porque en tu boca o voz
el verbo se hace carne.

El exilio

Un poema de Enero.

El exilio es terrible para el escritor
pues va tan inmerso en la naturaleza
de su tierra, que refleja su identidad en relación con su ciudad, lenguaje
de sueños tan reflejo a su alma de letras.

Porque no es sólo escribir, es ver y sentir,
seguir con la mirada pasos ajenos,
darse cuenta del musgo que va creciendo en una grieta de la roca; es hilvanar los amaneceres.

El destierro implica volver a lo esencial,
al buen uso del vacío, del trayecto
sentir tantas pérdidas y que ya no sonríe la luna en la estación del ferrocarril.
Viaje en duermevela, cigarros que matan

el hambre. Saber que los últimos versos que te escribo, Sevilla, estos son; pisando
en esta tierra, tan tuya como mía.
Implica trenzar las hebras de las letras para formar las palabras como cardos.

Porque el desarraigo temprano implica hacerse mayor sin más delicadezas,
de golpe llegan las termitas del tiempo
y se filtra la alegría, los colores,
los atardeceres.

Saber que todos los gritos son sonidos que el ser humano, con sus cuerdas vocales,
hace para ser escuchado en su pena;
que en la desolación los momentos en dos
se parten, se deshilachan con prisa.

Con Matarile

gritos, bocinas en los atascos, gruñidos,…

De nuevo me he cruzado con Matarile justo en el fondo del mar y después de un largo rato caminando, sin encontrar rastro de las llaves, me confiesa que últimamente todo le desborda de nada y que las palabras no llevan a ningún sitio; sin embargo no puede dejar esta madeja infinita sin orden y con desconcierto, así que sigue buscando. Yo, en cambio, añoro el punto de partida que ya se convirtió en otra cosa y, suspiro a suspiro, me guardo en mi bolso marrón las poesías subrayadas con lápices de colores, con anotaciones en los márgenes y con rastas de porcelana.

Seguimos entre algas y peces explorando dónde se ha podido esconder un agosto perdido. A mí me parece que haya pasado más de un mes porque todo en esos lugares es tan rápido y tan lento a la vez, que una no sabe a que atenerse, pero en cambio ella ya está acostumbrada a vivir así: llena de agua y sin llaves. Quizás lo peor de esto es que al final te adaptas a todo.

Deberíamos asesinar (a sangre fría) el tedio de un puzzle sin acabar, regresar para descubrir que mañana la luna será llena y no seguir por estos círculos que a veces son concéntricos. Pero al final sólo la pinto de memoria aunque por dentro una se muere de ganas de escuchar aquello que antes echaba de más (gritos, bocinas en los atascos, gruñidos,…) y Matarile remueve la arena mojada.

Desde entonces se va corriendo la voz (de pez a pez) sobre que el tiempo pasa distinto o simplemente no pasa y hay pujas sobre si Matarile encontrará las llaves de una vez o si nos perderemos por el Atlántico junto a los olvidados días de lluvias en el desierto.

Moléculas inestables

de nuestras bocas

La acción es enemiga de la reflexión por eso al principio, entre besos, me dejabas mil palabras calladas y luego, cuando me decías cosas así (rosa pastel o moradas), se me escondían más en mi cabeza porque ninguna se siente lo suficientemente grande para ser entregada a ti. Poco a poco estábamos a ras del cielo porque nació nuestra piel cuando la ciudad ya dormía (ahora cuéntame las estrellas y mueve pieza).

Comenzamos la marcha de aquellos sueños que, antaño, quedaron dormidos y ni el viento podía recoger el espacio de aire que quedaba entre nosotros. Era tan denso, tan pequeño y pesado, que no podía otra cosa que permanecer ahí junto a nosotros; era como la miel que se queda pegada en las celdas hexagonales de los panales, así de intenso, así de dulce.

Como una tromba caía el amor entre la mirada profunda y tus labios carnosos. Éramos un juego de moléculas inestables que no encuentran su sitio, que se mueven rápidas, descompasadas, en cadenas de tres, lentas y, de nuevo, acompasadas; tan sólo podíamos desplegar la baraja llena de ases para comenzar a extraer lo máximo de nosotros mismos o parecernos al cíclope que menciona Cortázar.

Como libélulas volaban las pestañas en calma (planeando más bien), ya que los ojos preferían permanecer más tiempo abiertos, contemplando. Las yemas de mis dedos indagaban un poco debajo de tu camisa mientras no podíamos respirar más aire que el que salía de nuestras bocas, de nuestros pulmones; comenzaba a amalgamarme con el contorno de tus caderas, a perder la distancia fundiendo la pequeña capa de hielo que, hasta ese momento, nos mantenía en dos cuerpos distintos. Y ahora éramos sólo uno.

*A veces creo en sueños (im)posibles.

Hormiguitas de chocolate

¿Quieres una porción?

A veces me aburro y me pregunto porqué el mundo no es un gran pastel en lugar de una puerta giratoria, al menos sería mucho más divertido, ¿no crees?. La puerta sólo da vueltas y con el tiempo (ni diez minutos) se pierde el interés, así que hoy yo juego a imaginarnos a nosotros, quizás, como hormiguitas de chocolate o puede que fuésemos unos gramos de nata o, tal vez, un poco de sirope de fresa (nosotros podríamos elegir claro) y, por supuesto, sin fecha de caducidad. Mi padre sería una trufa de chocolate, mi madre un bombón relleno de avellana y mi hermana otro pero con licor. ¡Qué rico vivir en un mundo así de dulce!

Por supuesto no habría hambre porque siempre tendríamos algún aperitivo a nuestro alcance (aunque siendo sincera yo prefiero un buen puchero a un pastel, que le voy a hacer) y la suerte sería, también, que al no tener dientes tampoco nos acompañaría la preocupación de que tanta azúcar los echase a perder. Además yo pienso que sería una buena forma de no olvidar al niño que tenemos dentro y de conciliarnos como personas porque ya no habría dilemas ni reproches entre esa persona que encarcelan a su niño, ni los que lo sacan sólo al refugio de su cuarto y, mucho menos, contra los que dejan que salgan a plena luz del día.

Además así no me mirarían mal cuando me pongo a jugar un poco con una puerta giratoria (menos de cinco minutos, claro) o tengo los ojos cargados de ilusión y la cara llena de churretes porque me he zampado un pedazo de mi mundo imaginario. Sí, ya se, voy a limpiarme las mejillas pero, por si acaso, yo lo dejo caer…¿quieres una porción?.