Sonando de fondo «Copycat» — Billie Eilish

Un desarrollador independiente trabaja de noche en su portátil, en un pequeño escritorio iluminado por una luz cálida. Desde la pantalla, una inteligencia artificial proyecta múltiples copias de su aplicación, que se multiplican frente a enormes edificios corporativos y una nube digital que simboliza el almacenamiento de archivos, imágenes y servicios compartidos. El contraste entre el espacio humano y cálido del creador y el entorno tecnológico, frío y gigantesco refleja el desequilibrio entre los desarrolladores independientes y la capacidad de la IA para replicar sus creaciones.

La primera en caer fue Office. Después, la suite completa de Adobe. Alternativas hechas con inteligencia artificial, copiando lo que ya existe y poniéndole otro nombre. Y ahora aparece una skill llamada Reverse Engineer Anything, que viene a decir, más o menos: dame una aplicación y vemos cómo reconstruirla.

Weno weno weno.

No es que copiar software sea algo nuevo. Lo nuevo es que cada vez hace falta menos gente y menos tiempo para hacerlo. Le pides a una IA que mire cómo funciona una aplicación, que reproduzca sus pantallas y sus funciones, y en algún momento tienes una alternativa bastante decente. No igual. No perfecta. Pero suficiente para que alguien se pregunte por qué sigue pagando.

Y ahí es donde empieza el problema para el desarrollador pequeño.

A las grandes les queda algo más

Una empresa grande no vende solo una aplicación. Vende también un ecosistema. Pagas Office y, además, tienes espacio en la nube, copias de seguridad y archivos disponibles desde cualquier sitio. Pagas Adobe y tienes bibliotecas, servicios para compartir, galerías públicas de fotos y otras piezas alrededor del programa.

Eso no se copia tan fácilmente. O, al menos, no basta con copiar la pantalla y cuatro funciones. Hay servidores, almacenamiento, redes, moderación, soporte. Un montón de cosas que cuestan dinero y que el usuario acaba usando aunque no siempre se acuerde de ellas al pasar la tarjeta.

A las grandes firmas ese añadido les hace de escudo. Si alguien copia el programa, todavía pueden quedarse con el servicio que lo rodea.

El pequeño no tiene escudo

El desarrollador pequeño suele tener una aplicación. Quizá una herramienta muy concreta, hecha para resolver un problema que las grandes ni miran. Una app para organizar fotografías, editar audio, llevar las cuentas de un negocio o hacer una tarea que te ahorra veinte minutos cada día.

No tiene una nube propia. No tiene una galería pública. No tiene una red de usuarios compartiendo archivos. Tiene su aplicación y una cuota que paga las horas de quien la ha creado.

Y ahora cualquiera puede intentar reproducirla con ayuda de la IA. No hace falta que la alternativa sea mejor. Solo tiene que parecerse lo suficiente, funcionar lo bastante bien y costar menos. Incluso puede ser gratis, porque quien la ha montado no está intentando vivir de ella.

Al pequeño le queda competir contra algo que se parece a su trabajo, pero que no necesita recuperar el tiempo invertido. Mala cosa.

No es una defensa de todo lo que se cobra

Hay aplicaciones caras, cuotas absurdas y empresas que meten funciones con calzador para justificar el precio. Si una alternativa libre te sirve, úsala y tan tranquilo.

Pero conviene entender qué estamos pagando. A veces no pagas solo el botón que hace lo que necesitas. Pagas el mantenimiento, las actualizaciones, el soporte y las horas de alguien que ha decidido dedicar su vida a resolverte una pequeña molestia.

Si copiamos la aplicación y dejamos de pagarla, no siempre hemos vencido a una gran empresa. A veces hemos dejado sin ingresos a una persona que hizo un producto útil.

Las grandes tendrán sus nubes y sus ecosistemas para aguantar el golpe. El desarrollador pequeño no tiene tanto dónde esconderse.

Y cuando desaparezca, siempre podremos pedirle a la IA que nos haga otra aplicación igual. Claro que sí. Solo que entonces, quizá, ya no quede nadie al otro lado para mantenerla.

La moraleja es sencilla: si algo te sirve y quieres que siga existiendo, no basta con copiarlo. A veces toca pagar por ello.

 

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