Archive for junio 2007

Soledad a dos.

Canción de los Piratas.

Tú llámalo como quieras… pero yo diría que sólo es falta de sueño y extra de café, mi piel sobre mi piel; o tal vez sea por eso de hablar antes de tiempo o que el camino es muy estrecho para los dos, pero no te preocupes que no todo va a ser poner los ojos en blanco y suspirar (que esto del amor…otra vez será), que ya llega la unidad de crisis a mí encuentro.

Aquí estoy yo de espaldas contra la pared, llenándolo todo de letras y, a veces, me desespera el querer comunicar más y tan sólo disponer de diez dedos de los cuales sólo utilizo cuatro para escribir; a veces me condena el que mis manos sean líquidas y vayan creando un ambiente de estupor, de soledad a dos.

Mientras tanto, en toda la habitación el sonido de la música se une a la de los autos que van y vienen, haciendo de esa mezcla una nueva canción de Björk; pero… shh, que no escucho mis pensamientos, shh, que quiero hallar la nota que jamás encuentro (quizás cuando llegue por fin, todo sea una fecha caducada*).

No haré huracanes en vasos de cristal, no oleré el aroma triste, ni tendré un ataque de cuestiones en vano; les voy dando, si vienen, con los lunchacos… y, entonces, sonríen como con miedo y, a veces, cuando me hablan en mis escritos, entre líneas, el corazón se me dilata tontamente y, por lo tanto, escondo el acento en mis letras.

Tal vez, nada más traspase mi cansancio, mis manos –ya líquidas- se despeguen de las pupilas y todo esto no sea más que un “Sonríe, que Dios te ama”; porque puede ser que al cerrar los ojos compruebe, una vez más, que yo controlo la redondez de mis penas aunque ahora la sostengan tus dedos escurridizos. Pero…, shh, que quiero poder oírme y apostar varios versos en un papel casi igual que éste.

Mientras tanto, amigo, tú llámalo como quieras… pero yo diría que sólo es falta de sueño y extra de café.

Taciturnosis

Frases de la canción Desencuentro, de Marea.

Me quedaría con un no me des en el tendón del desencuentro, con nuestros mudos diálogos, con un no dejes que el humo me dibuje historias con palabras que sólo conocen el perder el tiempo, porque queda mucho camino y ya no tengo tipex; pero ahora despierto y todo se acabó*.

Yo te esperaba para doctorarnos en Sabina, sí, para qué voy a negarlo… (sería una tremenda tontería); y sin embargo, en estos momentos, soy como la serpiente que va mudando su piel, que va dejando la antigua atrás pero todavía no tiene la nueva visible al completo. No sé si me entiendes, me refiero a que a veces las huellas pasadas siguen teniendo su cicatriz en la nueva piel, pero no te preocupes que tan sólo es el eco del silencio de aquellas palabras que lo decían todo, que tan sólo pasa por ver como se abre un desagüe por donde se van los sueños.

Luego me pongo a pensar que quizás los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo o al revés y por eso ahora se me vienen a la mente unos fragmentos de cosas que nunca te dije. No sé porqué, a veces, nos costará tanto desnudar nuestros sentimientos y sin embargo también tenemos otros momentos en los que soltamos las palabras así, de sopetón y sin miedo, tal vez como ahora hago (demasiado sencillo, ¿no?, pero la nada me rodea); puede que tan sólo escriba para decirte un ¡recuerda, lo inolvidable también se olvida! o que dejaré de pelear*.

Lo único malo… ¿sabes que es?, como Jung dijo: “no puedes ver a un león que te ha comido”, pero yo siento que algo me ha dado en el talón de Aquiles, que se avecina un desencuentro mezclado con instantes de taciturnosis.

Níobe.

Un poema de enero del 2006.

Níobe,
reina legendaria de Frigia,
madre y esposa,
roca del monte Sípilo,
fuente inagotable de lágrimas.

Madrugadas de viento,
dolor y ruinas
su corazón se ha vuelto.

Triste eclipse,
¿Acaso hay algo que perdure para siempre?,
tras la larga noche
de espera-
está la cálida luz,
la suave caricia.

Precipitaciones insolubles al alma

Hoy cerramos por defunción de alma.

Es hora de recapitular pataletas, de abandonar esos rumbos que van a los hilos, de dejar esos bailes en los que el acompañante se llama Enemigo y las habitaciones de albergues donde sólo se pierde el apetito para purificar el corazón. Hoy cerramos por defunción de alma, pero mañana volveré a caminar con mi culo en alto.

Ayer… en cambio ayer, los pies se me movían automáticamente sin poder evitarlo, iba al borde del abismo, pero las lágrimas sólo traen dolores de cabeza. La pasada noche se deshilachó la piel, el aire, las estrellas que no recuerdo y los flamingos de porcelana que estaban en un celo desbocado, mimando cada minuto con mordiscos en los costados, en las entrañas. Los olivos estaban dispuestos en fila india, como si fueran cipreses, y no se desprendían de su apariencia de sauces llorones.

Hoy el día es una bocanada de aire viciado, pero me toca vestirme de buzo y marcarme unas cuentas notas improvisadas. Hoy no estoy ni para mí y soy una madrugadora sin imaginación, sin sur ni para la influencia de la soledad, así que tengo que cerrar los ojos y dejarme inyectar unos días de gabardina para mi alma. Hoy voy a empezar mientras me cepillo los dientes.

Ayer… ayer las hileras indispuestas de luces de rojo burdel se mezclaron con la frialdad de un cirujano, reminiscencias y madres haciendo de supervivientes; los neones tan sólo generaron precipitaciones insolubles al alma, callejones estrechos donde no quedó ni una brizna de aire y un poco de desesperación a dos ruedas. Suena el teléfono, prepárate a dejar tu mensaje grabado en un contestador lleno de lluvia, que hoy el alma me raspa, pero mañana… mañana colocaré otra piedra para poder saltar detrás de la tapia.

Alma en oferta

A precio de beso.

Lo impensable, el impulso y la duda de nuevo; paso las horas calentando y enfriando pensamientos y a veces los oigo quejarse como un hipopótamo viejo (me dicen un deja de pensarme y decídete). Entonces me digo un atrévete y pon la Giralda como telón de fondo, deja de plantearte la realidad en términos teóricos que a las nueve y diez se encienden las farolas.

Sí, cuando me pongo así se que prefiero que me eches de más y no de menos, pero ya sabes lo que cuesta empezar un tú y yo aunque para ti tenga el alma en oferta; porque luego vienen la luna y el vértigo que hay antes de llegar a aquel mirador donde se va tan sólo para alimentarse de vida. Entonces, una décima de segundo después, siento que estamos tirando la casa por la ventana y aparece la risa esa que me sale, esa que es de duda, que es como el dolor de las guitarras.

De repente hay demasiadas personas y sitios, el equilibrio es casi un milagro y abro la ventana y ¡mierda!, hoy es la víspera del día después y no soy más que una mueca contorneándose. Podría desaparecer, sí, pero al momento cierro los ojos y me encuentro enfrente de tu mirada y se que no, no puedo escapar, ni podría ser pez. Pero ¿ves?, tampoco voy viajando al encuentro por dejarme sentada en un parque de esos verdes, o tal vez azules.

Entonces de nuevo voy mutilando las palabras que nunca terminan de decir que yo… o que se va rompiendo el aire hasta hacerme un abrigo de esos que me toman entera. Pero, como a veces ocurre en estos casos, todo me abisma más de la cuenta y la ropa me corta la respiración y otra vez me da pereza el futuro.

Luego suspiro y casi sin pensarlo, con el codo en la rodilla y el miedo temblando entre las piernas, echo a andar para decirte que mi alma está en oferta y quiere más, pero sólo contigo.

Las palabras lagartijas

reptan y reptan y vuelven a reptar.

Qué voz más débil me sale, ¿lo notas?. Aún quedan restos del sol en el asfalto y me doy cuenta de que quizás el mañana no siempre consuele tanto. Sólo percibo un acertijo y mi condición de película de Woody Allen, pero bueno, voy a buscar algo en la bodega.

Me pregunto si hubiese bastado con decir que… pero bah, olvidemos las cuestiones para seguir dejándolas acumuladas. Quizás sólo fuese una coincidencia aquello de encontrarme tu rostro a centímetros del mío y mi mano acto reflejo… y nuestros ojos que tan rápido, de repente, se encontraron. Sí, hablo de aquella tarde… pero bah, olvidémosla.

Sí, tal vez es mejor vivir en una ciudad nevada de olvido, de recuerdos agazapados esperando el momento para marcharse de la memoria, para salir caminando por su propio pie y hacerse presente. No, no puede ser tampoco así porque los días… o quizás porque los bolsillos… no, tan sólo es porque ayer llovió.

Qué voz más quebrada se me escapa, ¿te das cuenta?. Se que es por la fatiga de materiales y los olvidados atardeceres; o tal vez por las palabras lagartijas que reptan hasta la garganta… o aquellas que no se acaban de decir nunca. Y te confieso que no acabo de creerme aquello de que todos los viernes y sábados tendré como un deja-vú, pero bah, déjalo, quizás sea mejor que vuelva a coger otra botella.

Una razón de hormiga contra cigarra*

Frase sacada del capítulo tercero de Rayuela, Julio Cortázar.

En medio de la cama a veces todo está difuminado. Das vueltas hasta que tu estómago te dice que no lo demores más, así que entonces te levantas y llega el tedioso camino hasta la cocina. Abres el frigorífico y te encuentras evitando los alimentos que no hacen bien la digestión (pongamos por ejemplo un poco de revolución, utopía, coacción,…) y acabas por servirte un buen tazón de libertad.

A veces la mañana se pasa rápida y te topas con que para comer están las ensaladas de dialéctica y metafísica de esa que termina en rizo y se acompaña con mayonesa, una razón de hormiga contra cigarra (siendo tu la cigarra, claro). Te das cuenta de que lo que comienzas a mover con el tenedor (aunque con la comida no se juegue) sabe al humo de los coches, a los locales de moda, la gente (por lo menos) y a más epílogos atragantados –y palabras foráneas, y más paginas-. Y que termina el dialogo cuando se levanta el plato de la mesa (ha sido un placer, esta noche nos reencontramos en la cena).

Algunas personas toman su acostumbrada siesta, otros se recluyen en su cuarto para hilar palabras, con el silencio como abrigo. Pero al final es lo mismo, todo nos encamina hacia la última comida del día, tomes o no un aperitivo llamado merienda, veas o no la caja tonta, corras o vayas despacio.

Pero luego… qué hacer cuando la lucidez se cuela en la cama y nos hace el amor, o cuando construir y destruir dejan de ser palabras contrarias, cuando Londres y Sevilla son lugares comunes y la música dance se coge de la mano con el jazz. Qué hacer entonces, cuando se sabe que se acerca un irremediable –e inevitable, ineludible, incontrolable y quizás decrépito- después.

Las palabras ya no me dan miedo

Porque menos es más.

La falta de espacio a veces me tiene vagando por la noche entre calles y, a lo mejor, es lo preferible (quizás son terapia de muchas cosas). No quiero que estés encima por ello o si te digo que las palabras ya no me dan miedo (al menos ahora mismo no), que voy sin darme cuenta del tiempo o si te confieso que a veces añoro los corazones con pan de molde que se han perdido por el camino (qué le puedo hacer).

Sí, quizás estoy sudando la gota gorda porque los días parecen un ovillo y voy fumando noches, restando sueños o porque no quiero llegar, sólo caminar. Tras veintitrés años seguimos perdidos, con eyaculaciones precoces de proyectos y delirios que arrastran todas las cosas buenas; seguimos con un puede que pueda ser tan sólo un arrítmico vaivén de hamaca y que, en caso de ceguera profunda, me choque y caiga de bruces en contra de la ciudad.

Pero hoy, aunque la realidad circundante sea de insomnio, miedo, angustia o de aquellos instintos contraproducentes, tú tranquilo, puedes follarte a tu amiga Duda, que yo me voy de fiesta con mi adorable Espera. Porque aunque tal vez en el tiempo me consumo y soy humo sobre humo, sigo aquí; porque el horizonte me inquieta casi tanto como el mar embravecido. Porque menos es más o quizás tan sólo, como Serrat dice, porque hoy puede ser un gran día.

Soledad doblada

Otro poema de abril.

Ya voy desmontando ese telón rojo, quitando los paneles del tablado
y todos los hierros que lo soportan.

Recojo las copas, manteles y luz,
apago los altavoces, la tele
y mis ojos de mirada intrigada.

Limpio el suelo, los cristales y mi voz
que tiene tu nombre cosido a fuego.
Hoy barro la sombra, el miedo y tus labios.

Despacio, sin despertar a la noche, cierro la puerta y voy por las lustrosas veredas, con la soledad doblada

y las partículas del corazón que van creciendo, lentas,
por mis manos.

El verbo se hace carne

Un poema de Abril.

La curva del mundo son tus labios moderados,
tus ojos, de la poesía sin viento, parte;
tu nariz, el ingrediente secreto, sería ya
y tu alma aljibes de claridad y de silencio
y las páginas que siguen, estimado lector.

Tus manos son las telarañas deshabitadas,
las dueñas de experiencias de paso, con mis huellas;
tu espalda corresponde a ese camino indirecto del arte, la armonización de dos lenguajes,
mientras tu pelo es la vulnerabilidad pura.

Las vetas de la madera son tus dedos suaves, tu saliva es un corazón de tinta, palabra
a palabra, aquella envoltura no carnal;
tu piel tan sólo va cubriendo aquella desnudez,
tu mirada es el efecto eco de los fragmentos.

Tu vientre es mi piano fetiche donde el ombligo
es el botón de apagado de historias de cuerpos,
tus dientes son la pasión que no piensa en nada,
que va de incisivo a pezón porque en tu boca o voz
el verbo se hace carne.